Parte Primera
CLÉRIGOS MÁS DISTINGUIDOS DE LOS HINOJOSOS
FRAY FRANCISCO DE JESÚS
El año 1.989, la Comunidad Parroquial de los Hinojosos publicó una biografía de Fray Francisco de Jesús, con textos del Párroco Don Jesús García García y dibujos de Mariano Bustos Mota, titulada “Fray Francisco, El Indigno". De esta obra entresacamos los datos referidos a este singular hinojoseño, nacido en El Hinojoso de Marquesado, en la casa número 16 de la calle Real, conocida de antiguo, por este motivo, como la “casa del fraile”.
Francisco vino al mundo el día cuatro de octubre del año 1529. Sus padres fueron Juan Ruiz y Juana Mejía, hijosdalgo, buenos cristianos, temerosos de Dios, piadosos y caritativos que, además, tuvieron otros cuatro hijos: Catalina, Juan, Pedro (fraile franciscano) y Alonso. Abandonó su pueblo natal cuando era adolescente por motivos desconocidos. Tal vez le impulsara a ello la escasez de la hacienda familiar y el elevado número de hermanos. Sea como fuere, llegó a la ciudad de Úbeda donde entró como sirviente de Juan Molina, caballero principal de dicha ciudad que, más adelante, lo adoptaría. Su nuevo modo de vida en la mansión del caballero Molina no cambió su deseo de entrega a Dios y salvación de su alma. Su vida de oración era constante, sin dejar sus muchas obligaciones. Acudía frecuentemente a la iglesia para adorar al Santísimo Sacramento, y oír pláticas y sermones con el deseo de formación y perfección.
Se educó con los doctores Bernardino de Carleval, Diego Pérez y San Juan de Ávila. Fue nombrado maestro de las escuelas menores en Baeza, en donde enseñaba a los jóvenes y niños, bajo la dirección de Juan de Ávila, a los que llevaba su saber y su celo apostólico. Su alegría interior y su carácter hicieron que se ganase el aprecio de la Universidad, y la veneración y cariño de Baeza. Hasta al propio Rey llegó el conocimiento de la gran virtud y saber del que se consideraba el “Indigno”. Fue a verlo a El Escorial a petición del mismo Felipe II, y tanto alcanzó su fama que, por denuncia o para simple examen de su doctrina, tuvo que comparecer ante la Inquisición, siendo absuelto al no encontrar error alguno.
En Granada, visitó a su hermano Pedro, fraile franciscano. Vuelto a Baeza, continuó con su tarea de formación de jóvenes, su atención a los necesitados y su pasión por la Eucaristía, en la que arrebataba a quien le oía o le veía.
El dieciocho de febrero de 1575 llega la madre Teresa de Jesús a Beas, para abrir un convento nuevo de su orden de Carmelitas. Enterado Francisco, lleno de ansia y de fervor, se traslada a Beas un diecisiete de marzo de ese mismo año, con la ilusión de encontrarse con ella. En el convento de esa villa, hablando con sor Catalina le dice: Ya he hecho voto de ser religioso en esta sagrada orden de Carmelitas Descalzos, sea Dios bendito.
El catorce de junio de 1579, día de la fiesta de la Santísima Trinidad, queda inaugurado el Colegio de los Carmelitas Descalzos de Baeza, y en el mes de diciembre de 1581, llega a esta ciudad el padre Jerónimo Gracián, Principal de la nueva Orden, que le consagra como fraile carmelita
En 1584, cumpliendo los deseos de Felipe II, que también era rey de Portugal, de mandar misiones a las colonias portuguesas de África, el padre Gracián envía una nave que lleva a bordo tres hombres audaces. el padre Diego, el padre Pedro y el padre Francisco el “Indigno”, nuestro paisano. Durante la travesía, una fuerte tempestad estuvo a punto de hacerla naufragar.
Arribaron en las costas de la Gomera, y durante seis días carenaron la maltrecha nave y la dotaron de un buen timón. El veinte de mayo de 1584, a la altura de Monrovia avistaron una nueve de piratas hugonotes, verdaderas aves de rapiña. Viraron para evitar el asalto, huyendo de ellos. Durante quince día anduvieron perdidos por las costas de la Malagueta, se proveyeron de víveres y especias raras, muy estimadas por los europeos, y continuaron el viaje. El veintinueve de junio llegaron a Príncipe, el veintidós de julio a la isla de Santo Tomé y el veintidós de agosto a Gabinda. El catorce de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, desembarcaron en el puerto de Luanda, donde fueron bien recibidos. Inmediatamente mandaron un propio al Rey del Congo, anunciándole su llegada. Mientras esperaban la contestación del Rey, se familiarizaron con los negros. El día veintiocho llegó la contestación del monarca, acompañada de regalos y provisiones. El día dos de febrero de 1585, fiesta de la Purificación de María, era ordenado sacerdote en la iglesia de la Concepción del Congo.
Bamba, Loango, Batta, Sundi, Marabatta, son poblaciones que Francisco recorrió haciendo el bien y evangelizando sin más fuerza que la cruz de Cristo, su humildad y el deseo de que todos supieran que eran hijos de Dios. Pasados unos años, el padre Superior les hizo ver la necesidad de volver a España y dar noticia de palabra, y testimonio del mucho trabajo y abundante mies que en aquellas tierras había. En junio de 1587 zarpó el navío desde la isla de Santo Tomás, rumbo a España. A su llegada, comparecen ante el padre Provincial, que a la sazón era el padre Doria, el cual mandó a Diego a Valencia, y a Juan y a Francisco a Madrid. Por santa obediencia, se instaló en el convento de los Carmelitas Descalzos de San Hermenegildo de Madrid, dedicándose desde “prima noche” a la oración.
De su fervor celebrando la santa misa, nos hablan todos sus contemporáneos como algo especial. Él, el gran amante de la Eucaristía, enfervorizaba a los asistentes, y el padre José dice que vio a Cristo varias veces. En su oración bebía de Dios y aprendía el amor y celo por las almas.
Fray Francisco fue en la villa y corte un verdadero reformador de costumbres, el fraile más popular de Madrid. Ricos y pobres supieron de sus consejos y reprensiones, sanó enfermos, limpió almas, remedió necesidades. Hasta prostíbulos y casas de mala nota fueron lugar de predicación y de conversión. Grandes fueron las gracias que, por su fidelidad e íntima unión con Dios, Dios mismo le concedió: el don de la predicación, el don del éxtasis, el don de hacer milagros (a Ana Girón, de Belmonte, la curó de unas fuertes cataratas y fueron, además, muchas las curaciones instantáneas con solo imponer sus manos), el don de la profecía. Tuvo conocimiento, y no por noticia de hombre, en el día y en la hora de la muerte de su padre, acaecida el diecisiete de diciembre de 1588.
Se le propuso evangelizar Cataluña, pero “el caminante de Dios” encontró mermadas sus fuerzas y no lo hizo. Él, que temía encerrase en un convento, es enviado de nuevo a Andalucía, tierra de sus primeros trabajos apostólicos, con la misión de “componer ciertos bandos entre personas de autoridad”, asistiendo a la muerte de Juan de Ávila. A su paso por Aguilar tuvo que predicar a petición de la gente, pero dura y molesta les pareció la verdad de su palabra, pues le apalearon; otros se lo agradecieron, volviendo al Señor. En Úbeda, en 1.601, nombrado Limosnero Real Mayor del rey Felipe III, camino de Andalucía se le entrega una suma de ducados para remediar las grandes necesidades que sufrían algunos conventos y lugares pobre.
Caminos, pueblos, ciudades, naciones... siempre caminando, sin patria propia. Por la extensión del reino de Dios y la atención de los pobres se le llamó “Caballero de la caridad”. Cerca de Villanueva de los Infantes, cumplida su misión, y de vuelta para Castilla, un mal paso de su cabalgadura le hizo dar en el suelo, quedando gravemente malparado, hasta tal punto que fue el preludio cierto de su muerte. En Villanueva, todos temieron su muerte inmediata. El Cura párroco, Don Alonso Sobrino, le dio los últimos Sacramentos, no sin antes manifestarle su deseo de, vivo o muerto, acabar en su pueblo natal: El Hinojoso del Marquesado. No emperezó el señor Cura e inmediatamente se pusieron en camino.
Fray Francisco “El Indigno”, murió como había vivido: santamente. Acaeció su dichoso tránsito entre las nueve y las diez de la noche del diez de junio del año del Señor de 1601. Su entierro fue, según dice la historia, una impresionante manifestación de piedad, devoción y fervor. Murió como había vivido: humilde, en la intimidad de su pueblo, entre los suyos, pero la noticia de su muerte se extendió como la pólvora. Los Carmelitas descalzos desearon llevárselo a Madrid y no cejaron hasta que lo consiguieron. El padre José, Prior de Madrid, fue portador de las órdenes para el traslado de su cuerpo a Don Andrés Pacheco, Obispo de Cuenca y al señor Cura párroco de El Hinojoso del Marquesado. En el más estricto sigilo, el día cinco del mes de agosto, y a la hora de la media noche, cuando el pueblo dormía el sueño del cansancio agosteño, que no el del temor del arrebato, siendo testigos el padre José, el, padre Granada, Prior de Criptana, el Párroco, dos hermanos legos y tres mozos desenterraron su cuerpo y lo pusieron camino de Madrid, hacia el convento de San Hermenegildo donde fue depositado en la capilla de Santa Teresa. Cuando al día siguiente los hinojoseños despertaron, su tesoro le había sido arrebatado.
Fray Francisco recibió sepultura en la iglesia de San Bartolomé, al pie del Altar Mayor, al lado del Evangelio. La losa con la que fue cubierta su tumba aún se conserva, pero al poner nuevo piso al templo, en 1989, fue trasladada de lugar y colocada al pie del altar situado junto a la Sacristía, donde actualmente se encuentra la imagen de Jesús de Medinaceli. En 1954, el señor Obispo de Cuenca, don Inocencio Rodríguez, acompañado por las autoridades locales, descubrió una placa que da su nombre a una pequeña glorieta, situada en las inmediaciones de la Iglesia parroquial de San Bartolomé.
FRAY DIEGO DE MONTALBÁN CARRIZO
El 15 de abril nace Juan, hijo de Diego de Montalbán y de María Carrizo. Religioso dominico, fue catedrático de la Universidad de Salamanca. Obispo durante algún tiempo de Guadix; preconizado Obispo de Plasencia, murió en Jaén, poco antes de tomar posesión, el 12 de Octubre de 1720.
FRAY JUAN CHACÓN DE MENA
Nació el 10 de marzo del año 1674. Era hijo de Juan Chacón Peláez y de Ana de Mena. Siendo conventual de San Jerónimo, recibió el nombramiento de Prior de Vadillos, en Castilla la Vieja.
FRAY FELIPE LÓPEZ ALARCONA
Hijo de Francisco y de Cecilia Quintero. Jesuita en Madrid, recorre varios países como misionero. En España de nuevo, vive en Loyola, en donde murió. Es nombrado por escrito imperial “hombre sabio y virtuoso”
FRAY FRANCISCO IZQUIERDO-TAVIRA - LÓPEZ
Fray Francisco Izquierdo-Tavira López, nació en la villa del Hinojoso de la Orden el 6 de
octubre de 1686. Fueron sus padres Francisco Izquierdo Tavira y su legítima mujer María López Zarco. Recibió las aguas del bautismo en la Iglesia parroquial de San Bernabé de manos del Teniente Cura don Gregorio Carrascosa, el día 14 de dicho mes y años.
Estudió en Ávila, recibiendo el título de Maestro de Teología de la Orden de los dominicos. Ente los cargos que desempeñó destacan los de Regente de Valladolid y Calificador de la Suprema (Consejo Superior del Santo Oficio) y Prior de Madrid. El 16 se septiembre de 1748 fue nombrado obispo de Lugo y ordenado como tal, el 10 de noviembre del mismo año en Madrid.
Fue uno de los grandes benefactores de esta ciudad. Sirva como ejemplo que fue él quien reconstruyó en acueducto romano que traía el agua a la ciudad, en1754. Mandó construir varias fuentes, entre las que sobresale la fuente barroca, en el centro de la plaza del Campo, conservada en la actualidad, así como la reparación, en 1759, de la Puerta de Santiago (o Porta do Poxigo) en la muralla de Lugo, declarada patrimonio de la humanidad. Falleció el 6 de enero de 1762. La ciudad de Lugo para perpetuar su memoria dio su nombre a una de las puertas de su recinto amurallado.
La puerta Obispo Izquierdo de la muralla romana de Lugo, también llamada popularmente del Campo Castillo, o de la Cárcel, fue la tercera que se abrió durante el siglo XIX, en 1888. Con motivo de la inauguración de la cárcel, en 1887, se hizo necesaria su apertura para facilitar el cambio de guardia y el acceso al juzgado de Primera Instancia e Instrucción. El lugar elegido para su ubicación fue el que ocupaba una escalera de acceso, posiblemente romana, situada entre casas, lo cual condicionó sus dimensiones, pero se consideró suficiente por ser sólo para peatones. Abrir la puerta, una de las diez que tiene la muralla costó 4.821´19 pesetas.
DOCTOR MIGUEL PEREA
Don Miguel Perea de Mena, nació en El Hinojoso de la Orden el día 10 de febrero del año 1680. Era hijo el tercer hijo de don Alfonso de Perea y Lara, y de su legítima esposa, doña Isabel de Mena Izquierdo. Fue bautizado en la Parroquia de San Bernabé, el día 9 de marzo de ese mismo año, por el párroco licenciado don Juan Izquierdo Martínez, y apadrinado por su abuelo Miguel Izquierdo Martínez, y por doña María Izquierdo, su hija y mujer de don Pedro Lodares, todos vecinos de la citada villa. Sus hermanos fueron Diego, nacido el 9 de abril de 1674; Alfonso, nacido el 5 de septiembre de 1678; y Tomás, nacido el 21 de enero de 1685.
Después de su ordenación sacerdotal, se doctoró en Sagrada Teología. Rigió el priorato durante el trienio 1731-1734. Una de las muchas funciones del Prior era hacer visitas pastorales a los pueblos de su jurisdicción para conocer y resolver los problemas de las parroquiales y de sus cofradías y, cuando era necesario, restablecer la disciplina y la moralidad. En la realizada a su pueblo natal (31 de enero de 1733), ordenó que los fondos de la hermandad de la Virgen del Roble fueran bien administrados, y como primera providencia mandó dorar el retablo del altar de su capilla.
Junto al nombre de estos religiosos que destacaron por su sabiduría y los altos cargos que llegaron a ocupar en la Iglesia, hay que añadir el nombre de un Presbítero, de un humilde Cura de oración y penitencia, de amorosa dedicación e infatigable solicitud por todas las almas, y de una continua e incondicional entrega a la voluntad de Dios: el del Sacerdote don MIGUEL GARCÍA RESA que falleció en El Hinojoso del Marquesado, a las once menos cuarto de la noche del día 28 de diciembre del año 1784. de los Santos Inocentes. El titular de la Parroquial de San Bartolomé Apóstol, don Juan Francisco García Díaz, cura Párroco que fue de Valdeganga y de San Juan de Alarcón, escribió de él lo siguiente:
"Fue un sacerdote celoso de la honra y gloria de Dios, de buenas costumbres; su humildad era ejemplar a todos, recta su conciencia, y con una conducta tan ajustada a las reglas de la moral cristiana que edificaba aun a los de vida relajada. Para todos suave, para sí, rígido, y así vivía mortificado de escrúpulos y, por su genio ardiente, era continua la guerra para vencerse y, no obstante que era singular su perspicacia y solercia, sentía tan bajamente de sí mismo que sujetaba su parecer al dictamen de otros si la evidencia no le hacía ver lo contrario. Cuando oía hablar de los Misterios de nuestra Redención, prorrumpía en tiernas lágrimas, para su más perfecta inteligencia, proponía, frecuentemente, dudas a los Teólogos, y si oía alguna cosa que le parecía menos digna, al punto los consultaba sobre si estaba obligado a delatarla.
En el tiempo que fue Vicario Ecónomo de esta Parroquia, se comportó como buen Pastor, por muchos años enseño a gran número de discípulos, no sólo la latinidad, sino la Virtud. Juntó la generosidad con la pobreza, era parco en la comida y bebida, y en los manjares, frugal. Hablaba poco y su conversación era festiva, pero casta. En la celebración del santo sacrificio de la Misa, era prolijo y vigilantísimo observante de las sagradas ceremonias. En los dos últimos años que, por defecto de la vista, no ha celebrado, confesaba conmigo y comulgaba los domingos y los jueves, preparándose con fervorosos actos de fe, esperanza, caridad y contrición. Era tan enemigo de su alabanza que, dándole el tratamiento de Venerable una persona distinguida de este pueblo, quedó corrido y sólo respondió: "por las canas"; y diciéndole otra vez la misma persona haberle notado un defecto, lo celebró con una graciosa sonrisa. Tan comedido en el hablar para no dañar la fama del prójimo que, en los nueve años que le traté, sólo en dos ocasiones me nombró las personas de quienes estaba agraviada su reputación, y con el fin de tomar consejo. Sólo diré como prueba de su candor, la expresión de San Gregorio Para: BONARUM MERITUM EST, UBI CULPAM AGNOSCERE, UBI CULPA NON EST, mas tratándole de hipócrita me preguntó, con lágrimas en los ojos, por qué le había dado este tratamiento, que en verdad, en muchos de sus espirituales ejercicios, padecía sequedades, pero no en todos, sus deseos eran acertar sin distraerse, mas le hacía dudar. Se aquietó con responderle que, nada más pide Dios para la virtud sólida que la buena intención.
En el rezar el Oficio Divino era tan prolijo que repetía muchos versículos, y aún Salmos y Lecciones, para satisfacerse de su cumplimiento. No omitió el rezo hasta el día antes de morir, para lo cual tenía bien instruido a un muchacho que le ayudaba en lo que no sabía de memoria. Su devoción y veneración a María Santísima era extremada, en especial el Santo Rosario, cuya devota Cofradía fomentó y aumentó por muchos años, pidiéndome licencia para ofrecerlo todos los días en la iglesia y, me consta que, privadamente, rezaba el Rosario entero todos los días, y visitaba el altar de la Cofradía, y parece increíble haya podido, de solas limosnas y sus agencias, adquirirle los caudales que le deja a Nuestra Señora. Se temía que el demonio le hiciese guerra de desconfianza en la Divina Misericordia y, animándole en su última enfermedad, entre otros motivos, con la protección que le tenía merecida de la Reina del Cielo, respondió humildemente: "así por lo menos por lo material".
En fin, su vida fue irreprensible, sino en la misma rigidez con que se trataba así mismo y, su muerte, santa como su vida. Casi todos le llamaban el Hermano Miguel, y realmente era el padre de todos y, así fue general el sentimiento de su muerte. No quería que las campanas se echasen a vuelo, ni que su entierro pasase de ordinario, pero todo e hizo con la mayor solemnidad al tercer día de su fallecimiento, concurriendo la mayor parte de los dos pueblos, y pareciendo a todos su rostro como de Ángel, consolándoles su vista y llorando su pérdida. Su hermana y albaceas ordenaron se le dijeran misas por nueve días, con luces en su sepultura, que ocupa dos por la caja, entrando por el cancel, frente a la capilla de Nuestra Señora la Virgen Morenita. Recibió fervorosamente los santos sacramentos de Penitencia, Eucaristía y extremaunción que yo, el Cura, le administré en el mismo día de su muerte y segundo de su enfermedad de pulmonía. En el mismo, otorgó su testamento ante Manuel Montalbán, Escribano de Ayuntamiento y Notario Apostólico, y en él ordenó se le celebrase Misa de cuerpo presente, que se enterrase su cuerpo en esta iglesia, en sepultura propia, que se le celebrasen cinco Misas rezadas por su alma, que a las Obras Pías se les dé lo que es costumbre, y que todo pagado de sus bienes, herede lo restante su hermana, Josefa García Resa, que sabe lo que debe y le deben con lo que la tiene comunicado. Nombró albaceas a su sobrino don Antonio Martínez Porras, Clérigo tonsurado, y a Manuel de Marcos. Todo lo cual certifico y, para que conste, lo firmo".
El año 1.989, la Comunidad Parroquial de los Hinojosos publicó una biografía de Fray Francisco de Jesús, con textos del Párroco Don Jesús García García y dibujos de Mariano Bustos Mota, titulada “Fray Francisco, El Indigno". De esta obra entresacamos los datos referidos a este singular hinojoseño, nacido en El Hinojoso de Marquesado, en la casa número 16 de la calle Real, conocida de antiguo, por este motivo, como la “casa del fraile”.
Francisco vino al mundo el día cuatro de octubre del año 1529. Sus padres fueron Juan Ruiz y Juana Mejía, hijosdalgo, buenos cristianos, temerosos de Dios, piadosos y caritativos que, además, tuvieron otros cuatro hijos: Catalina, Juan, Pedro (fraile franciscano) y Alonso. Abandonó su pueblo natal cuando era adolescente por motivos desconocidos. Tal vez le impulsara a ello la escasez de la hacienda familiar y el elevado número de hermanos. Sea como fuere, llegó a la ciudad de Úbeda donde entró como sirviente de Juan Molina, caballero principal de dicha ciudad que, más adelante, lo adoptaría. Su nuevo modo de vida en la mansión del caballero Molina no cambió su deseo de entrega a Dios y salvación de su alma. Su vida de oración era constante, sin dejar sus muchas obligaciones. Acudía frecuentemente a la iglesia para adorar al Santísimo Sacramento, y oír pláticas y sermones con el deseo de formación y perfección.
Se educó con los doctores Bernardino de Carleval, Diego Pérez y San Juan de Ávila. Fue nombrado maestro de las escuelas menores en Baeza, en donde enseñaba a los jóvenes y niños, bajo la dirección de Juan de Ávila, a los que llevaba su saber y su celo apostólico. Su alegría interior y su carácter hicieron que se ganase el aprecio de la Universidad, y la veneración y cariño de Baeza. Hasta al propio Rey llegó el conocimiento de la gran virtud y saber del que se consideraba el “Indigno”. Fue a verlo a El Escorial a petición del mismo Felipe II, y tanto alcanzó su fama que, por denuncia o para simple examen de su doctrina, tuvo que comparecer ante la Inquisición, siendo absuelto al no encontrar error alguno.
En Granada, visitó a su hermano Pedro, fraile franciscano. Vuelto a Baeza, continuó con su tarea de formación de jóvenes, su atención a los necesitados y su pasión por la Eucaristía, en la que arrebataba a quien le oía o le veía.
El dieciocho de febrero de 1575 llega la madre Teresa de Jesús a Beas, para abrir un convento nuevo de su orden de Carmelitas. Enterado Francisco, lleno de ansia y de fervor, se traslada a Beas un diecisiete de marzo de ese mismo año, con la ilusión de encontrarse con ella. En el convento de esa villa, hablando con sor Catalina le dice: Ya he hecho voto de ser religioso en esta sagrada orden de Carmelitas Descalzos, sea Dios bendito.
El catorce de junio de 1579, día de la fiesta de la Santísima Trinidad, queda inaugurado el Colegio de los Carmelitas Descalzos de Baeza, y en el mes de diciembre de 1581, llega a esta ciudad el padre Jerónimo Gracián, Principal de la nueva Orden, que le consagra como fraile carmelita
En 1584, cumpliendo los deseos de Felipe II, que también era rey de Portugal, de mandar misiones a las colonias portuguesas de África, el padre Gracián envía una nave que lleva a bordo tres hombres audaces. el padre Diego, el padre Pedro y el padre Francisco el “Indigno”, nuestro paisano. Durante la travesía, una fuerte tempestad estuvo a punto de hacerla naufragar.
Arribaron en las costas de la Gomera, y durante seis días carenaron la maltrecha nave y la dotaron de un buen timón. El veinte de mayo de 1584, a la altura de Monrovia avistaron una nueve de piratas hugonotes, verdaderas aves de rapiña. Viraron para evitar el asalto, huyendo de ellos. Durante quince día anduvieron perdidos por las costas de la Malagueta, se proveyeron de víveres y especias raras, muy estimadas por los europeos, y continuaron el viaje. El veintinueve de junio llegaron a Príncipe, el veintidós de julio a la isla de Santo Tomé y el veintidós de agosto a Gabinda. El catorce de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, desembarcaron en el puerto de Luanda, donde fueron bien recibidos. Inmediatamente mandaron un propio al Rey del Congo, anunciándole su llegada. Mientras esperaban la contestación del Rey, se familiarizaron con los negros. El día veintiocho llegó la contestación del monarca, acompañada de regalos y provisiones. El día dos de febrero de 1585, fiesta de la Purificación de María, era ordenado sacerdote en la iglesia de la Concepción del Congo.
Bamba, Loango, Batta, Sundi, Marabatta, son poblaciones que Francisco recorrió haciendo el bien y evangelizando sin más fuerza que la cruz de Cristo, su humildad y el deseo de que todos supieran que eran hijos de Dios. Pasados unos años, el padre Superior les hizo ver la necesidad de volver a España y dar noticia de palabra, y testimonio del mucho trabajo y abundante mies que en aquellas tierras había. En junio de 1587 zarpó el navío desde la isla de Santo Tomás, rumbo a España. A su llegada, comparecen ante el padre Provincial, que a la sazón era el padre Doria, el cual mandó a Diego a Valencia, y a Juan y a Francisco a Madrid. Por santa obediencia, se instaló en el convento de los Carmelitas Descalzos de San Hermenegildo de Madrid, dedicándose desde “prima noche” a la oración.
De su fervor celebrando la santa misa, nos hablan todos sus contemporáneos como algo especial. Él, el gran amante de la Eucaristía, enfervorizaba a los asistentes, y el padre José dice que vio a Cristo varias veces. En su oración bebía de Dios y aprendía el amor y celo por las almas.
Fray Francisco fue en la villa y corte un verdadero reformador de costumbres, el fraile más popular de Madrid. Ricos y pobres supieron de sus consejos y reprensiones, sanó enfermos, limpió almas, remedió necesidades. Hasta prostíbulos y casas de mala nota fueron lugar de predicación y de conversión. Grandes fueron las gracias que, por su fidelidad e íntima unión con Dios, Dios mismo le concedió: el don de la predicación, el don del éxtasis, el don de hacer milagros (a Ana Girón, de Belmonte, la curó de unas fuertes cataratas y fueron, además, muchas las curaciones instantáneas con solo imponer sus manos), el don de la profecía. Tuvo conocimiento, y no por noticia de hombre, en el día y en la hora de la muerte de su padre, acaecida el diecisiete de diciembre de 1588.
Se le propuso evangelizar Cataluña, pero “el caminante de Dios” encontró mermadas sus fuerzas y no lo hizo. Él, que temía encerrase en un convento, es enviado de nuevo a Andalucía, tierra de sus primeros trabajos apostólicos, con la misión de “componer ciertos bandos entre personas de autoridad”, asistiendo a la muerte de Juan de Ávila. A su paso por Aguilar tuvo que predicar a petición de la gente, pero dura y molesta les pareció la verdad de su palabra, pues le apalearon; otros se lo agradecieron, volviendo al Señor. En Úbeda, en 1.601, nombrado Limosnero Real Mayor del rey Felipe III, camino de Andalucía se le entrega una suma de ducados para remediar las grandes necesidades que sufrían algunos conventos y lugares pobre.
Caminos, pueblos, ciudades, naciones... siempre caminando, sin patria propia. Por la extensión del reino de Dios y la atención de los pobres se le llamó “Caballero de la caridad”. Cerca de Villanueva de los Infantes, cumplida su misión, y de vuelta para Castilla, un mal paso de su cabalgadura le hizo dar en el suelo, quedando gravemente malparado, hasta tal punto que fue el preludio cierto de su muerte. En Villanueva, todos temieron su muerte inmediata. El Cura párroco, Don Alonso Sobrino, le dio los últimos Sacramentos, no sin antes manifestarle su deseo de, vivo o muerto, acabar en su pueblo natal: El Hinojoso del Marquesado. No emperezó el señor Cura e inmediatamente se pusieron en camino.
Fray Francisco “El Indigno”, murió como había vivido: santamente. Acaeció su dichoso tránsito entre las nueve y las diez de la noche del diez de junio del año del Señor de 1601. Su entierro fue, según dice la historia, una impresionante manifestación de piedad, devoción y fervor. Murió como había vivido: humilde, en la intimidad de su pueblo, entre los suyos, pero la noticia de su muerte se extendió como la pólvora. Los Carmelitas descalzos desearon llevárselo a Madrid y no cejaron hasta que lo consiguieron. El padre José, Prior de Madrid, fue portador de las órdenes para el traslado de su cuerpo a Don Andrés Pacheco, Obispo de Cuenca y al señor Cura párroco de El Hinojoso del Marquesado. En el más estricto sigilo, el día cinco del mes de agosto, y a la hora de la media noche, cuando el pueblo dormía el sueño del cansancio agosteño, que no el del temor del arrebato, siendo testigos el padre José, el, padre Granada, Prior de Criptana, el Párroco, dos hermanos legos y tres mozos desenterraron su cuerpo y lo pusieron camino de Madrid, hacia el convento de San Hermenegildo donde fue depositado en la capilla de Santa Teresa. Cuando al día siguiente los hinojoseños despertaron, su tesoro le había sido arrebatado.
Fray Francisco recibió sepultura en la iglesia de San Bartolomé, al pie del Altar Mayor, al lado del Evangelio. La losa con la que fue cubierta su tumba aún se conserva, pero al poner nuevo piso al templo, en 1989, fue trasladada de lugar y colocada al pie del altar situado junto a la Sacristía, donde actualmente se encuentra la imagen de Jesús de Medinaceli. En 1954, el señor Obispo de Cuenca, don Inocencio Rodríguez, acompañado por las autoridades locales, descubrió una placa que da su nombre a una pequeña glorieta, situada en las inmediaciones de la Iglesia parroquial de San Bartolomé.
FRAY DIEGO DE MONTALBÁN CARRIZO
El 15 de abril nace Juan, hijo de Diego de Montalbán y de María Carrizo. Religioso dominico, fue catedrático de la Universidad de Salamanca. Obispo durante algún tiempo de Guadix; preconizado Obispo de Plasencia, murió en Jaén, poco antes de tomar posesión, el 12 de Octubre de 1720.
FRAY JUAN CHACÓN DE MENA
Nació el 10 de marzo del año 1674. Era hijo de Juan Chacón Peláez y de Ana de Mena. Siendo conventual de San Jerónimo, recibió el nombramiento de Prior de Vadillos, en Castilla la Vieja.
FRAY FELIPE LÓPEZ ALARCONA
Hijo de Francisco y de Cecilia Quintero. Jesuita en Madrid, recorre varios países como misionero. En España de nuevo, vive en Loyola, en donde murió. Es nombrado por escrito imperial “hombre sabio y virtuoso”
FRAY FRANCISCO IZQUIERDO-TAVIRA - LÓPEZ
Fray Francisco Izquierdo-Tavira López, nació en la villa del Hinojoso de la Orden el 6 de
octubre de 1686. Fueron sus padres Francisco Izquierdo Tavira y su legítima mujer María López Zarco. Recibió las aguas del bautismo en la Iglesia parroquial de San Bernabé de manos del Teniente Cura don Gregorio Carrascosa, el día 14 de dicho mes y años.
Estudió en Ávila, recibiendo el título de Maestro de Teología de la Orden de los dominicos. Ente los cargos que desempeñó destacan los de Regente de Valladolid y Calificador de la Suprema (Consejo Superior del Santo Oficio) y Prior de Madrid. El 16 se septiembre de 1748 fue nombrado obispo de Lugo y ordenado como tal, el 10 de noviembre del mismo año en Madrid.
Fue uno de los grandes benefactores de esta ciudad. Sirva como ejemplo que fue él quien reconstruyó en acueducto romano que traía el agua a la ciudad, en1754. Mandó construir varias fuentes, entre las que sobresale la fuente barroca, en el centro de la plaza del Campo, conservada en la actualidad, así como la reparación, en 1759, de la Puerta de Santiago (o Porta do Poxigo) en la muralla de Lugo, declarada patrimonio de la humanidad. Falleció el 6 de enero de 1762. La ciudad de Lugo para perpetuar su memoria dio su nombre a una de las puertas de su recinto amurallado.
La puerta Obispo Izquierdo de la muralla romana de Lugo, también llamada popularmente del Campo Castillo, o de la Cárcel, fue la tercera que se abrió durante el siglo XIX, en 1888. Con motivo de la inauguración de la cárcel, en 1887, se hizo necesaria su apertura para facilitar el cambio de guardia y el acceso al juzgado de Primera Instancia e Instrucción. El lugar elegido para su ubicación fue el que ocupaba una escalera de acceso, posiblemente romana, situada entre casas, lo cual condicionó sus dimensiones, pero se consideró suficiente por ser sólo para peatones. Abrir la puerta, una de las diez que tiene la muralla costó 4.821´19 pesetas.
DOCTOR MIGUEL PEREA
Don Miguel Perea de Mena, nació en El Hinojoso de la Orden el día 10 de febrero del año 1680. Era hijo el tercer hijo de don Alfonso de Perea y Lara, y de su legítima esposa, doña Isabel de Mena Izquierdo. Fue bautizado en la Parroquia de San Bernabé, el día 9 de marzo de ese mismo año, por el párroco licenciado don Juan Izquierdo Martínez, y apadrinado por su abuelo Miguel Izquierdo Martínez, y por doña María Izquierdo, su hija y mujer de don Pedro Lodares, todos vecinos de la citada villa. Sus hermanos fueron Diego, nacido el 9 de abril de 1674; Alfonso, nacido el 5 de septiembre de 1678; y Tomás, nacido el 21 de enero de 1685.
Después de su ordenación sacerdotal, se doctoró en Sagrada Teología. Rigió el priorato durante el trienio 1731-1734. Una de las muchas funciones del Prior era hacer visitas pastorales a los pueblos de su jurisdicción para conocer y resolver los problemas de las parroquiales y de sus cofradías y, cuando era necesario, restablecer la disciplina y la moralidad. En la realizada a su pueblo natal (31 de enero de 1733), ordenó que los fondos de la hermandad de la Virgen del Roble fueran bien administrados, y como primera providencia mandó dorar el retablo del altar de su capilla.
Junto al nombre de estos religiosos que destacaron por su sabiduría y los altos cargos que llegaron a ocupar en la Iglesia, hay que añadir el nombre de un Presbítero, de un humilde Cura de oración y penitencia, de amorosa dedicación e infatigable solicitud por todas las almas, y de una continua e incondicional entrega a la voluntad de Dios: el del Sacerdote don MIGUEL GARCÍA RESA que falleció en El Hinojoso del Marquesado, a las once menos cuarto de la noche del día 28 de diciembre del año 1784. de los Santos Inocentes. El titular de la Parroquial de San Bartolomé Apóstol, don Juan Francisco García Díaz, cura Párroco que fue de Valdeganga y de San Juan de Alarcón, escribió de él lo siguiente:
"Fue un sacerdote celoso de la honra y gloria de Dios, de buenas costumbres; su humildad era ejemplar a todos, recta su conciencia, y con una conducta tan ajustada a las reglas de la moral cristiana que edificaba aun a los de vida relajada. Para todos suave, para sí, rígido, y así vivía mortificado de escrúpulos y, por su genio ardiente, era continua la guerra para vencerse y, no obstante que era singular su perspicacia y solercia, sentía tan bajamente de sí mismo que sujetaba su parecer al dictamen de otros si la evidencia no le hacía ver lo contrario. Cuando oía hablar de los Misterios de nuestra Redención, prorrumpía en tiernas lágrimas, para su más perfecta inteligencia, proponía, frecuentemente, dudas a los Teólogos, y si oía alguna cosa que le parecía menos digna, al punto los consultaba sobre si estaba obligado a delatarla.
En el tiempo que fue Vicario Ecónomo de esta Parroquia, se comportó como buen Pastor, por muchos años enseño a gran número de discípulos, no sólo la latinidad, sino la Virtud. Juntó la generosidad con la pobreza, era parco en la comida y bebida, y en los manjares, frugal. Hablaba poco y su conversación era festiva, pero casta. En la celebración del santo sacrificio de la Misa, era prolijo y vigilantísimo observante de las sagradas ceremonias. En los dos últimos años que, por defecto de la vista, no ha celebrado, confesaba conmigo y comulgaba los domingos y los jueves, preparándose con fervorosos actos de fe, esperanza, caridad y contrición. Era tan enemigo de su alabanza que, dándole el tratamiento de Venerable una persona distinguida de este pueblo, quedó corrido y sólo respondió: "por las canas"; y diciéndole otra vez la misma persona haberle notado un defecto, lo celebró con una graciosa sonrisa. Tan comedido en el hablar para no dañar la fama del prójimo que, en los nueve años que le traté, sólo en dos ocasiones me nombró las personas de quienes estaba agraviada su reputación, y con el fin de tomar consejo. Sólo diré como prueba de su candor, la expresión de San Gregorio Para: BONARUM MERITUM EST, UBI CULPAM AGNOSCERE, UBI CULPA NON EST, mas tratándole de hipócrita me preguntó, con lágrimas en los ojos, por qué le había dado este tratamiento, que en verdad, en muchos de sus espirituales ejercicios, padecía sequedades, pero no en todos, sus deseos eran acertar sin distraerse, mas le hacía dudar. Se aquietó con responderle que, nada más pide Dios para la virtud sólida que la buena intención.
En el rezar el Oficio Divino era tan prolijo que repetía muchos versículos, y aún Salmos y Lecciones, para satisfacerse de su cumplimiento. No omitió el rezo hasta el día antes de morir, para lo cual tenía bien instruido a un muchacho que le ayudaba en lo que no sabía de memoria. Su devoción y veneración a María Santísima era extremada, en especial el Santo Rosario, cuya devota Cofradía fomentó y aumentó por muchos años, pidiéndome licencia para ofrecerlo todos los días en la iglesia y, me consta que, privadamente, rezaba el Rosario entero todos los días, y visitaba el altar de la Cofradía, y parece increíble haya podido, de solas limosnas y sus agencias, adquirirle los caudales que le deja a Nuestra Señora. Se temía que el demonio le hiciese guerra de desconfianza en la Divina Misericordia y, animándole en su última enfermedad, entre otros motivos, con la protección que le tenía merecida de la Reina del Cielo, respondió humildemente: "así por lo menos por lo material".
En fin, su vida fue irreprensible, sino en la misma rigidez con que se trataba así mismo y, su muerte, santa como su vida. Casi todos le llamaban el Hermano Miguel, y realmente era el padre de todos y, así fue general el sentimiento de su muerte. No quería que las campanas se echasen a vuelo, ni que su entierro pasase de ordinario, pero todo e hizo con la mayor solemnidad al tercer día de su fallecimiento, concurriendo la mayor parte de los dos pueblos, y pareciendo a todos su rostro como de Ángel, consolándoles su vista y llorando su pérdida. Su hermana y albaceas ordenaron se le dijeran misas por nueve días, con luces en su sepultura, que ocupa dos por la caja, entrando por el cancel, frente a la capilla de Nuestra Señora la Virgen Morenita. Recibió fervorosamente los santos sacramentos de Penitencia, Eucaristía y extremaunción que yo, el Cura, le administré en el mismo día de su muerte y segundo de su enfermedad de pulmonía. En el mismo, otorgó su testamento ante Manuel Montalbán, Escribano de Ayuntamiento y Notario Apostólico, y en él ordenó se le celebrase Misa de cuerpo presente, que se enterrase su cuerpo en esta iglesia, en sepultura propia, que se le celebrasen cinco Misas rezadas por su alma, que a las Obras Pías se les dé lo que es costumbre, y que todo pagado de sus bienes, herede lo restante su hermana, Josefa García Resa, que sabe lo que debe y le deben con lo que la tiene comunicado. Nombró albaceas a su sobrino don Antonio Martínez Porras, Clérigo tonsurado, y a Manuel de Marcos. Todo lo cual certifico y, para que conste, lo firmo".